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martes, 3 de diciembre de 2019

heresiarca

"No hay ninguna razón para suponer que los militares puedan gobernar bien. Nos llegan del más artificial de los mundos. Un mundo de jerarquías, órdenes, audiencias, arrestos, saludos, marchas, aniversarios, desfiles y ascensos. Costumbres que, por la repetición, se transforman en rituales. Han sido educados para obedecer, y se nutren en la esperanza de aumentar el mando. Nada de eso en este mundo se aproxima a la inteligencia (…) Es cierto, fue eliminado el terrorismo. Aquí ya no estallan bombas. Pero se ha implantado otro; el terrorismo silencioso de los secuestros y las ejecuciones clandestinas. Una justicia –llamémosla así–donde el acusado no tiene abogado defensor y ni siquiera fiscal: solamente acusadores. Eso ya no es justicia: es terrorismo. Se combate a la guerrilla, y al mismo tiempo se la toma como modelo".
Jorge Luis Borges



En 1976 Borges es invitado por la Universidad de Chile a recibir un doctorado honoris causa. Pinochet lo condecora con la orden Bernardo O´Higgins. Broges declara: "El es una excelente persona..." Para Borges era un honor defender al dictador chileno cuyos crímenes eran denunciados en todo el mundo. "(Lo defiendo) porque emocionalmente sentí que debía hacerlo. Ahí posiblemente ha hablado mi emoción más que mi forma. Los he defendido por razones emocionales ante todo y porque soy enemigo del comunismo. Creo que eso no es ningún misterio. No lo he podido ocultar. Yo siempre he sentido afecto por Chile y me parece que si ahora Chile está salvándose y de algún modo salvándonos, le debo gratitud. Yo, como argentino, le debo gratitud". En Borges se podía rastrear la voz de Leopoldo Lugones que había manifestado en los años ‘20 tuviera lugar “la hora de la espada”, algo que en su elogio a Pinochet se manifiesta con todas las letras

También Videla fue bendecido por Borges: "Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo que salvo al país de la ignominia, y le manifesté mis simpatías por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno". En su discurso en Chile, Borges pronuncio las siguientes palabras: "Y declaro preferir la espada de la libertad a la furtiva dinamita." ¿Pudiera ser esta frase un velado rechazo al premio Nobel? Nobel, inventor de la dinamita, fue referenciado en 1888 como el mercader de la muerte.

Antes de su visita a Chile, Borges recibió una llamada telefónica desde Suecia para pedirle que declinara la invitación del régimen de Pinochet. Borges respondió:  "Señor, después de lo que usted me ha dicho, aunque hubiera pensado no ir a Santiago para recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de Chile, mi deber es ir, porque hay dos cosas que un hombre no debe permitir: sobornar o ser sobornado. Le agradezco mucho su llamada y su advertencia. Buenas Tardes."

Borges no dejó nunca de profesar un decidido anarquismo conservador:

"...se empieza por la idea de que el Estado debe dirigir todo; que es mejor que haya una corporación que dirija las cosas, y no que todo 'quede abandonado al caos, o a  circunstancias individuales'; y se llega al nazismo o al comunismo, claro. Toda idea empieza como una hermosa posibilidad, y luego, bueno, cuando envejece es usada para la tiranía, para la opresión."

Borges fue un reaccionario en toda la línea. “La democracia es una superstición, basada en la estadística. Toda la gente no entiende de política, como no podemos entender todos de retórica, de psicología o de álgebra”, declaraba el escritor en 1976 al diario El País de España.

Esta idea de la calificación de las personas para decidir sobre la vida política es un eco de aquel cuento “La fiesta del monstruo”, donde junto a Adolfo Bioy Casares expresa sus temores y desprecio por las multitudes populares propio de la oligarquía argentina de la década del 40. Un Borges arrepentido sostendrá luego que "Escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística; yo he recordado muchas veces aquel dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales. El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente", dice en Clarín el 22 de diciembre de 1983. La elasticidad moral de Borges es funcional a la elasticidad moral de los partidos de la burguesía argentina.

Jorge Luis Borges fue reivindicado por la restauración democrático-burguesa de 1983, al igual que Ernesto Sábato —autor del Prólogo al Nunca Más—, porque simbolizaba la idea de una cultura universal ajena a los avatares sanguinarios del terrorismo de Estado. Fue el pase silencioso de un escritor reaccionario, anticomunista y antiperonista que apoyo a los genocidas, a la apología de la democracia capitalista. Por otra parte los escritores militantes como Paco Urondo, Rodolfo Walsh o Haroldo Conti, no recibieron el mismo reconocimiento y, por su costado combatiente, fueron presentados simplemente como víctimas. Una manifestación de la elasticidad moral de las élites ilustradas de la Argentina.

Poema conjetural


El doctor Francisco Laprida,
asesinado el día 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao,
piensa antes de morir:

Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.

Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca,
con jinetes, con belfos y con lanzas.

Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies las sombras de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos
se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.



En 1947, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares escriben el cuento "La Fiesta del Monstruo". Con la firma de H. Bustos Domecq, que medio Argentina sabía que eran el seudónimo de Borges y Bioy Casares, se atrevieron a escribir la crónica más feroz de una de esas explosiones populistas propiciadas por Perón, el monstruo del cuento.

Le cayeron, por esos ataques, presumibles castigos. "El peronismo fue terrible –recordó Borges–. Nadie se acuerda de la quema de las iglesias ni de las personas que Perón metió presas; mi madre y mi hermana entre ellas. A mí me echaron de un puesto mínimo que ocupaba en una biblioteca del barrio de Almagro, y me nombraron inspector de aves y huevos. Cuando fui presidente de la Sociedad de Escritores, también en la época de Perón, un policía me seguía a todos lados. Fue una especie de segundo Rosas. Yo pienso en Perón con horror, como pienso en Rosas con horror".

La madre de Borges, Leonor Acevedo. al atender una de tantas llamadas amenazadoras
–"Te vamos a matar a vos y a tu hijo"–, contestó:
–No es una hazaña matar a mi hijo, que es viejo y ciego. En cuanto a mí, apúrense, porque por ahí me les muero antes…




Aquí empieza su aflición
Hilario Ascasubi
La Refalosa



La fiesta del monstruo

H. Bustos Domecq


Te prevengo, Nelly, que fue una jornada cívica en forma. Yo, en mi condición de pie plano, y de propenso a que se me ataje el resuello por el pescuezo corto y la panza hipopótama, tuve un serio oponente en la fatiga, máxime calculando que la noche antes yo pensaba acostarme con las gallinas, cosa de no quedar como un crosta en la performance del feriado. Mi plan era sume y reste: apersonarme a las veinte y treinta en el Comité; a las veintiuna caer como un soponcio en la cama jaula, para dar curso, con el Colt como un bulto bajo la almohada, al Gran Sueño del Siglo, y estar en pie al primer cacareo, cuando pasaran a recolectarme los del camión. Pero decime una cosa ¿vos no creés que la suerte es como la lotería, que se encarniza favoreciendo a los otros? En el propio puentecito de tablas, frente a la caminera, casi aprendo a nadar en agua abombada con la sorpresa de correr al encuentro del amigo Diente de Leche, que es uno de esos puntos que uno se encuentra de vez en cuando. Ni bien le vi su cara de presupuestívoro, palpité que él también iba al Comité y, ya en tren de mandarnos un enfoque del panorama del día, entramos a hablar de la distribución de bufosos para el magno desfile, y de un ruso que ni llovido del cielo, que los abonaba como fierro viejo en Berazategui.
....

Era un miserable cuatro ojos, sin la musculatura del deportivo. El pelo era colorado, los libros bajo el brazo y de estudio. Se registró como un distraído que cuasi se lleva por delante a nuestro abanderado, Spátola. Bonfirraro, que es el chinche de los detalles, dijo que él no iba a tolerar que un impune desacatara el estandarte y foto del Monstruo. Ahí nomás lo chumbó al Nene Tonelada, de apelativo Cagnazzo, para que procediera. Tonelada, que siempre es el mismo, me soltó cada oreja, que la tenía enrollada como el cartucho de los manises y, cosa de caerle simpático a Bonfirraro, le dijo al rusovita que mostrara un cachito más de respeto a la opinión ajena, señor, y saludara a la figura del Monstruo. El otro contestó con el despropósito que él también tenía su opinión. El Nene, que las explicaciones lo cansan, lo arrempujó con una mano que si el carnicero la ve, se acabó la escasez de la carnasa y el bife de chorizo. Lo rempujó a un terreno baldío, de esos que en el día menos pensado levantan una playa de estacionamiento y el punto vino a quedar contra los nueve pisos de una pared senza finestra ni ventana. De mientras los traseros nos presionaban con la comezón de observar y los de fila cero quedamos como sangüche de salame entre esos locos que pugnaban por una visión panorámica y el pobre quimicointas acorralado que, vaya usted a saber, se irritaba. Tonelada, atento al peligro, reculó para atrás y todos nos abrimos como abanico dejando al descubierto una cancha del tamaño de un semicírculo, pero sin orificio de salida, porque de muro a muro estaba la merza. Todos bramábamos como el pabellón de los osos y nos rechinaban los dientes, pero el camionero, que no se le escapa un pelo en la sopa, palpitó que más o menos de uno estaba por mandar in mente su plan de evasión. Chiflido va, chiflido viene, nos puso sobre la pista de un montón aparente de cascote, que se brindaba al observador. Te recordarás que esa tarde el termómetro marcaba una temperatura de sopa y no me vas a discutir que un porcentaje nos sacamos el saco. Lo pusimos de guardarropa al pibe Saulino, que así no pudo participar en el apedreo. El primer cascotazo lo acertó, de puro tarro, Tabacman, y le desparramó las encías, y la sangre era un chorro negro. Yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté una oreja y ya perdí la cuenta de los impactos, porque el bombardeo era masivo. Fue desopilante; el jude se puso de rodillas y miró al cielo y rezó como ausente en su media lengua. Cuando sonaron las campanas de Monserrat se cayó, porque estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no le dolían. Te lo juro, Nelly, pusimos el cadáver hecho una lástima. Luego Morpurgo, para que los muchachos se rieran, me hizo clavar la cortapluma en lo que hacía las veces de cara.

.....




El otro


L’hydre —univers tordant son corps écaillé d’astres.

...
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos los hombres.

El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época.

Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos los buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.

—Tu masa de oprimidos y de parias —le contesté—no es más que una abstracción.

Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentenció algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.

...



Biografía de Tadeo Isidoro Cruz

Jorge Luis Borges


I'm looking for the face I had
Before the world was made.
Yeats: The winding stair.

... Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.

LA FAMA


Haber visto crecer a Buenos Aires, crecer y declinar.
Recordar el patio de tierra y la parra, el zaguán y el aljibe.
Haber heredado el inglés, haber interrogado el sajón.
Profesar el amor del alemán y la nostalgia del latín.
Haber conversado en Palermo con un viejo asesino.
Agradecer el ajedrez y el jazmín, los tigres y el hexámetro.
Leer a Macedonio Fernández con la voz que fue suya.
Conocer las ilustres incertidumbres que son la metafísica.
Haber honrado espadas y razonablemente querer la paz.
No ser codicioso de islas.
No haber salido de mi biblioteca.
Ser Alonso Quijano y no atreverme a ser don Quijote.
Haber enseñado lo que no sé a quienes sabrán más que yo.
Agradecer los dones de la luna y de Paul Verlaine.
Haber urdido algún endecasílabo.
Haber vuelto a contar antiguas historias.
Haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o seis metáforas.
Haber eludido sobornos.
Ser ciudadano de Ginebra, de Montevideo, de Austin y (como todos los hombres) de Roma.
Ser devoto de Conrad.
Ser esa cosa que nadie puede definir: argentino.
Ser ciego.
Ninguna de esas cosas es rara y su conjunto me depara una fama que no acabo de comprender.

herejía

Error sostenido con pertinencia; sentencia errónea contra los principios ciertos de un arte.

heresiarca

Fundador de una herejía.


Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.




Fuente: Diario Clarín, 31 de julio de 1985.


He asistido, por primera y última vez, a un juicio oral. Un juicio oral a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto. Ocurrió algo peor. El réprobo había entrado enteramente en la rutina de su infierno. Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz. Bajo el suplicio, había delatado a sus camaradas; éstos lo acompañarían después y le dirían que no se hiciera mala sangre, porque al cabo de unas “sesiones” cualquier hombre declara cualquier cosa. Ante el fiscal y ante nosotros, enumeraba con valentía y con precisión los castigos corporales que fueron su pan nuestro de cada día.

Doscientas personas lo oíamos, pero sentí que estaba en la cárcel. Lo más terrible de una cárcel es que quienes entraron en ella no pueden salir nunca. De éste o del otro lado de los barrotes siguen estando presos. El encarcelado y el carcelero acaban por ser uno.

Stevenson creía que la crueldad es el pecado capital; ejercerlo o sufrirlo es alcanzar una suerte de horrible insensibilidad o inocencia. Los réprobos se confunden con sus demonios, el mártir con el que ha encendido la pira. La cárcel es, de hecho, infinita.

De las muchas cosas que oí esa tarde y que espero olvidar, referiré la que más me marcó, para librarme de ella. Ocurrió un 24 de diciembre. Llevaron a todos los presos a una sala donde no habían estado nunca. No sin algún asombro vieron una larga mesa tendida. Vieron manteles, platos de porcelana, cubiertos y botellas de vino. Después llegaron los manjares (repito las palabras del huésped). Era la cena de Nochebuena. Habían sido torturados y no ignoraban que los torturarían al día siguiente. Apareció el Señor de ese Infierno y les deseó Feliz Navidad. No era una burla, no era una manifestación de cinismo, no era un remordimiento. Era, como ya dije, una suerte de inocencia del mal. ¿Qué pensar de todo esto? Yo, personalmente, descreo del libre albedrío. Descreo de castigos y de premios. Descreo del infierno y del cielo. Almafuerte escribió: “Somos los anunciados, los previstos, / si hay un Dios, si hay un punto Omnisapiente; / ¡y antes de ser, ya son, en esa mente, los Judas, los Pilatos y los Cristos!

Sin embargo, no juzgar y no condenar el crimen sería fomentar la impunidad y convertirse, de algún modo, en su cómplice. Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores. No menos admirable es que haya abogados que, desinteresadamente sin duda, se dediquen a resguardar de todo peligro a sus negadores de ayer.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar




El sur

Jorge Luis Borges


El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica.

....

Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:

-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.

Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.

El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.

Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.

-Vamos saliendo- dijo el otro.

Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.



Juan López y John Ward.


Les tocó en suerte una época extraña. El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras. López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward en la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer El Quijote. El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte. Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel. Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen. El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.



viernes, 18 de agosto de 2017

RUBÉN DARÍO > A ROOSEVELT

¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría que llegar hasta ti, Cazador!
Primitivo y moderno, sencillo y complicado,
con un algo de Washington y cuatro de Nemrod.
Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.

Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de energía,
como dicen los locos de hoy.)
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.

Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis, se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a Grant le dijo: «Las estrellas son vuestras».
(Apenas brilla, alzándose, el argentino sol
y la estrella chilena se levanta...) Sois ricos.
Juntáis al culto de Hércules el culto de Mammón;
y alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad levanta su antorcha en Nueva York.

Mas la América nuestra, que tenía poetas
desde los viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que consultó los astros, que conoció la Atlántida,
cuyo nombre nos llega resonando en Platón,
que desde los remotos momentos de su vida
vive de luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América del gran Moctezuma, del Inca,
la América fragante de Cristóbal Colón,
la América católica, la América española,
la América en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América
que tiembla de huracanes y que vive de Amor,
hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil cachorros sueltos del León Español.
Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,
el Riflero terrible y el fuerte Cazador,
para poder tenernos en vuestras férreas garras.

Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!n>

domingo, 27 de septiembre de 2015

José Mujica





José Mujica: “La sobriedad es un lujo para poder ser libre”

El expresidente uruguayo defiende que la globalización debe dirigirse desde la política


“Nuestros intereses nacionales nos tienen atados, nos dividen. Pero los latinoamericanos pertenecemos a una nación común todavía no constituida y que está dividida en varios países”, ha afirmado el expresidente de Uruguay, José Mujica, este viernes en Madrid. Ha celebrado que, “por primera vez en 10 o 15 años, los gobernantes de América Latina hablan entre ellos”, pero les ha animado a avanzar en la integración. “El mundo no nos va a esperar”. El exmandatario ha insistido en la importancia de crear una estructura política capaz de dirigir la globalización, sobre la que ahora mandan “los mercados”, y ha vuelto a hacer gala de la austeridad como modo de vida: “La sobriedad es un lujo para poder ser libre”.

jueves, 28 de mayo de 2015

Gloria Álvarez



Publicado el 27/05/2015


Gloria Álvarez, activista social y Directora de Proyectos Especiales del Movimiento Cívico Nacional de Guatemala, nos platica cómo la participación ciudadana a través de la tecnología ayuda a construir sociedades democráticas más participativas e informadas.










domingo, 23 de febrero de 2014

El mapa de la fuga - Newsletter #449

Hoy mi propuesta es una nouvelle redactada en muy breves capítulos (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza). Escribí apenas la primera parte, como prueba; ¿funcionará?

Se trata de expresar casi con monosílabos -esto es exagerado- las experiencias de una mujer-esclava (Trata de blancas en la Ciudad de Quito), cuya vida se centra en el diseño de un mapa de fantasía en donde están los lugares adonde desea fugarse, y tal vez lo consigue (Mapas conceptuales).
Plan de evasión, podría llamarse la nouvelle, si no fuera porque hacia 1945 se me anticipó Adolfo Bioy Casares con ese título y una novela deslumbrante (La invención de Morel y Algunos Borges de Jorge Luis Borges).

Versión online: http://www.monografias.com/newsletters/449.shtml

domingo, 16 de junio de 2013

Carácter de la conquista española en América

Carácter de la conquista española en América y en México según los textos de los historiadores primitivos


Genaro García


MÉXICO



Desde muy atrás pensóse en España que no había cosa más meritoria ante el pueblo y ante Dios que la matanza de los infieles; dícenos un insigne historiador, refiriéndose al rey don Fernando I de Castilla: "Gozaba en su reino de una paz muy sosegada, las cosas del gobierno las tenia muy asentadas; mas por no estar ocioso acordó hacer la guerra á los moros. Parecíale que por ningún camino se podía mas acreditar con la gente ni agradar mas á Dios que con volver sus fuerzas á aquella guerra sagrada."^ Estas ideas no pudieron ser extirpadas por la guadaña de la civilización, y antes bien echaron hondas raíces con el transcurso de los tiempos; el clero mismo desvirtuó desde temprano su misión de concordia y caridad, y llegó hasta usurpar la palabra de Dios para predicar en pulpitos y plazas el exterminio de los infieles, con lo cual produjo, entre otros resultados funestos, la matanza general de los judíos que en 1391 ejecutó el pueblo español en masa, azuzado por fray Pedro de Olligoyen y el canónigo Ferrán Martínez. Todavía afines del siglo XVI, "D. José Esteve, obispo de Orihuela en los comentarios sobre los libros de los Macabeos, obra dedicada al Papa Clemente VIII, explica los casos en que una persona particular puede sin autoridad pública quitar la vida á los hereges é infieles: decide que se puede matar sin escrúpulo á los renegados, y que los Reyes de España deberían matar á los moros ó echarlos de sus dominios, aunque fuese quebrantando los pactos hechos por sus predecesores. Pone en cuestión si los hijos pueden asesinar á sus padres idólatras ó hereges, y tiene por licito y corriente hacerlo con los hermanos y aun con los hijos.'""'

Dados tales antecedentes, sin entrar en otras consideraciones, se pudo predecir, llegada la hora del descubrimiento de América, que la conducta de los conquistadores españoles seria despiadada, toda vez que iban á encontrarse frente á frente de una población idólatra, formada de individuos "más semejantes á bestias feroces que á criaturas racionales." La predicción habría quedado plenamente comprobada; esos conquistadores casi despoblaron las Indias: creían "que por ser (los indios) gentes sin fe, podían indiferentemente matarios, cautivarlos, tomarles sus tierras, posesiones y señoríos -e cosas, e dello ninguna conciencia se hacia."

Empero, en los informes verbales que daban al reino los conquistadores que volvían á la Península, lo mismo que en las cartas ó relaciones que escribieron, procuraron naturalmente, para evitar probables responsabilidades y ganar mercedes y privilegios del reino español, enaltecer sus propios hechos, callando, ó atenuando al menos, cuanto les era desfavorable, y pintando á los indígenas como feroces y detestables idólatras plagados de todos los vicios; decía el bachiller Luis Sánchez: "quasi todos los que vienen de Indias y dende allá escriben, informan mal y á su gusto, que es el interese, el qual an de sacar forzoso de los indios, y en esto todos son á una, todos desean vivir en aquella libertad y anchura, y que nadie les vaya á la mano; y no an de informar lo que á ellos les está mal, porque no se remedie."

Verdad es que poco tardaron en llegar á España documentos fidedignos completamente contrarios á dichas relaciones; pero la monarquía hizo que se sepultasen luego en sus archivos y permanecieran allí bajo el secreto más riguroso, porque pensó, que si se les daba publicidad, la nación española se desprestigiaría enormemente, fuera de que "debían levantar borrasca de pasiones," y servirían "para dividir á sus
individuos de ambos mundos y sembrar entre ellos la discordia." No faltaron tampoco emigrantes que al regresar á España dijeran la verdad; fueron "muy pocos (según decía el propio bachiller Luis Sánchez, agregando) y como...'... no les dan crédito, ni á las veces oídos cánsanse ydéxanlo."

Á pesar de que entre los historiadores que desde un principio escribieron acerca de la Conquista, hubo quienes tuvieran á la vista los más fehacientes documentos, sólo los aprovecharon en cuanto podían favorecer á los intereses de España; el cronista mayor Antonio de Herrera, por ejemplo, consultó para escribir su obra, leemos en un informe dado entonces por el Colegio Hispano Boloniense, "los papeles, cartas, libros e escripturas que se fallaron en los Archivaos de los Secretarios que subceclieron en los Rexistros e Protocolos de las Indias, e en los Archivos del Colexio de San Gregorio de Valladolid, que por mandado de Su Maxestad se lentregaron al Cronista; los quales conthienen cosas abominables e peores que las quescribe, e dexa munchas descrebir por modestia, e por conservación de la onra de la Nación, non siendo fasta ahora públicas á los estranxeros." Confiesa esto el mismo cronista mayor, al escribir: *'E quanto a la cobdycia e granxerias de Pedrárias, aunque el Coronista a fallado un mundo de papeles, a proscedido con modestia en esto, como en todo, porque •'ymjplicitas et modestia Leo grata sunt.

De tal suerte, la historia de la Conquista, groseramente falseada, continuó siendo una serie de panegíricos encomiásticos para los conquistadores, y de acerbas diatribas para los indígenas.

Hubo no obstante quien en pleno siglo XVI dejara oír la voz de la verdad sin enmudecer ante la opinión general ni arredrarse ante las temibles iras de infinitos enemigos; fué el inmaculado, el excelso, el venerando don fray Bartolomé de Las Casas, el cual "Desde sus primeros años tuuo muy intima amistad con los estudios de la virtud, y letras;" "padre de los desamparados, y como le llamauan en la Corte, 'el Apóstol de las Indias;"^ cuya vida "fué gastada en bien,yprouecho de las almas, assi de los Españoles, como de los naturales destas partes,"* y "en la defensa de los Indios vnico."

Habiendo tenido oportunidad de conocer íntimamente la conducta de los conquistadores, descubrió que toda ella constituía una larga serie de horrendas crueldades, y justamente indignado entonces en contra de sus compatriotas, y á la vez compadecido hasta grado sumo de las víctimas, los inocentes indios, para los cuales tuvo siempre caridad inagotable, atrevióse á publicar en España, su propia patria, lo que ningún otro español había osado antes ni ha intentado después, á saber: que la Conquista de América fué solamente una obra de bárbara destrucción; "aun antes de tomar (el hábito religioso) con cristianísimo y piadoso celo (escribe Mendieta), comenzó á llorar ante la clemencia divina y clamar ante los reyes católicos, poco antes de su muerte, y de D. Carlos su nieto la gran destruición y asolamiento que nuestros españoles hacian en los indios naturales de estas regiones."

Los asertos del sublime defensor de los indios fundábanse, ó bien en hechos que él mismo había presenciado y que refería "con protestación y juramento (de decir verdad)," ' ó bien en documentos irrefutables, una "gran multitud de cartas mensajeras (dícenos) de diversos é muchos religiosos de las tres Órdenes, y de otras muchas personas, y de casi todas las Indias, avisándome de todos los males é agravios é injusticias qué los de nuestra nación hacian é hacen hoy consumiendo y destruyendo aquellas gentes naturales dellas, sin culpa alguna con que nos hayan ofendido;" ^ en otro lugar manifiesta el bienaventurado sacerdote que sabía cuanto acontecía en las Indias, "por las muchas y continuas cartas y relaciones y clamores que de muchos cada dia rescibo de todas esas partes;" * en su testamento otorgado en 1564 pedía "por caridad al muy R. P. rector del colegio de S. Gregorio que comiendo algún colegial quédelas (cartas y relaciones susodichas) haga un libro juntándolas todas por la orden de los meses é años y de las provincias que venían, y se pongan en la librería del dicho colegio ad perpetuam rei memoriam, porque si Dios determinare destruir á España, se vea que es por las destruiciones que habemos hecho en las Indias y parezca la razón de su justicia." Seguramente no se cumplió con la última voluntad del santo apóstol y los preciosos documentos fueron destruidos; al menos, han permanecido ocultos hasta hoy. La acendrada virtud del venerable obispo, que conservó hasta su muerte "con ejemplos egregios de virtud," garantizaba plenamente la verdad de sus dichos, á tal grado, que la monarquía no sólo le oyó con atención, sino que le nombró "Protector vniversal de los Indios." Sus mismos enemigos "confesaban su buen celo." Llamósele "Autor de mucha fé," y sus escritos fueron calificados de "bastantysimas probanzas" por el Colegio Hispano Boloniense.

No obstante, la ardiente y conmovedora palabra del ejemplar obispo fué oída fríamente por el pueblo español, á quien en todo caso nada podía importar que hubiesen muerto millones y millones de indígenas. Estos eran idólatras y debían morir. Satanás no se desterraría de la América sino cuando cesase y acabase "la vida á los más de los indios." Dios mismo les aborrecía; su voluntad era, según decían entonces los licenciados Espinoza y Zuazo, "que estas gentes de indios se acaben totalmente, ó por los pecados de sus pasados ó suyos, ó por otra cabsa é que pase é quede el señorío é población en (los monarcas españoles) é sus subcesores y pobladas de gente cristiana;" de otro modo no habría bajado á las Indias la Virgen María, ya sola, ya acompañada del apóstol Santiago, á auxiliará los españoles en su obra de exterminio, dando aquél á los indígenas terribles cuchilladas y echándoles Nuestra Señora "polvo por las caras (para cegarlos);" en cierta ocasión, cuando Francisco Pizarro con los suyos asesinaba en Caxamalca á los inermes y numerosos
acompañantes de Atahuallpa, el propio apóstol se enardeció tanto, que él solo mató "más indios que todos los españoles juntos." Suárez de Peralta nos dice rotundamente:
"La guerra que se hizo á los yndios fué toda hecha por Dios, y él la favoreció que los cristianos, á lo menos en la Nueva España, no fueran parte, los que fueron, para conquistar y pacificar aquella tierra."

¡Cosa peregrina! El pueblo español, que abominaba sin misericordia ni piedad á nuestros indígenas, porque algunos de ellos sacrificaban á sus enemigos ante los altares de los dioses, admiraba y santificaba á la vez con exagerado misticismo el sacrificio que Abraham no vaciló en hacer de su propio hijo al Dios de Israel.

Todavía agonizante en Atocha, año de 1566, el hoy inmortal don fray Bartolomé de Las Casas, pedía "á todos que continuasen en defender los indios, y arrepentido de lo poco que había hecho en esta parte, suplicaba le ayudasen á llorar esta omisión; y estando con la candela para partir deste mundo, protestó que cuanto había hecho en esta parte tenia entendido ser verdad, y quedaba corto al referir las causas que
le obligaron al empeño."

Muerto el irreparable protector de los indios, continuaron reinando acerca de la Conquista, durante largos siglos y ya sin oposición alguna, las falsas ideas propaladas en las relaciones é historias primitivas.

Independidas de la Península sus principales colonias americanas, quedando en poder de éstas documentos análogos á los informes que tan secretamente guardaba la monarquía española, no tuvo ya razón de ser la ocultación de los mismos, por lo que se empezó á darles publicidad, aunque con gran lentitud y escogiendo, probablemente, los menos sensacionales. Era de esperar que en vista de ellos, la historia de la Conquista fuese justa en lo sucesivo, mostrándose inflexiblemente severa hacia los españoles y compasivamente benigna hacia los indígenas. No sucedió así; debido sin duda á la influencia persistente de tres largas centurias, los historiadores modernos, aun los nuestros propios, han seguido haciendo de la Conquista, quizá inconscientemente, un cuadro engañoso en el que las figuras de los aventureros españoles, aunque un tanto rebajadas, aparecen colosales todavía, tan altas, "que es preciso alzar los ojos (para verlas);" mientras que las de nuestros indígenas, cuando no se manifiestan aniquiladas por "la cólera del cielo," vense tan pequeñas y mezquinas, que casi pasan inadvertidas. Uno de nuestros profesores de Historia, don Justo Sierra, en una conferencia que dio ante el Ateneo de Madrid el 26 del último noviembre, después de prodigar á los conquistadores palabras ciegamente apologéticas, no guardó para los esforzados indios mexicanos sino la humillante figura de "una mujer que se arrastra." Fuera de que esos indios mostraron siempre altiveza real, preciándose no sin razón de que "todos eran señores," * supieron defender á su patria "tan bravosos como tigres" y "leones," y lucharon por ella "hasta el vltimo espíritu."

En la conferencia susodicha, tuvo don Justo Sierra otra ligereza imperdonable: la de asentar que la nacionalidad mexicana nació de la unión vergonzosa de Cortés con la desenvuelta Malintzin Tenepal (loe. cit.) El célebre profesor confundió lastimosamente el origen de la raza mexicano-ibera con la nacionalidad mexicana, pre-existente entonces, como también preexistía la nacionalidad española cuando primero los romanos, luego los godos y posteriormente los árabes, conquistaron la Península. En todo caso, don Justo Sierra olvidó la historia de Yucatán, su propio Estado, donde, años antes que llegara Cortés, Gonzalo Guerrero había tenido ya varios hijos en una indígena muy principal, con la que le casaron los señores de Chectamal (Landa, 14-6.) Es tanto más de extrañar este olvido, cuanto que Gonzalo Guerrero fué el primer insurrecto español que combatió á sus compatriotas en Nueva España, poniéndoles en grandes trabajos y peligro^ (Gomara, 186.)

Preciso es pues que alguna voz, siquiera sea en las postrimerías del siglo XIX, rinda debido tributo á la verdad y á la justicia, al mismo tiempo que á la memoria ultrajada de los infortunados indígenas de América.

Como por carecer de tiempo y otros elementos no me era posible reconstruir la historia completa de la Conquista, me he limitado á trazar los rasgos generales que la caracterizaron, sobre todo en lo que concierne á mi patria; pero cuidando de referirme, las más de las veces, á los escritos de los mismos conquistadores: aun con sólo ellos he logrado demostrar que el glorioso don fray Bartolomé de Las Casas se expresó efectivamente en todo con verdad y aun se quedó corto. Aquellos aventureros, á pesar de su prurito de elogiarse hasta lo increíble y deprimir en cambio de manera desmedida á los indígenas, conñesan sin embargo con sorprendente frialdad muchos de sus monstruosos hechos, convencidos, como don Fernando I de Castilla, de que con ellos se acreditan ante la gente y agradan á Dios: nos refieren á la vez, sin darse cuenta de lo que hacen, porque su ignorancia y rudeza les cegaba, un gran número de detalles que revelan la esplendorosa civilización que destruyeron y las raras virtudes de sus infortunadas víctimas.

Para dar mayor fuerza á mi estudio, no sólo me refiero continuamente á los conquistadores é historiadores españoles más autorizados, sino que transcribo sus palabras literalmente; y para que no se me objete que doy por probado lo que trato de demostrar, no cito á nuestro irreprochable don fray Bartolomé de Las Casas en cuanto tiende á determinar el carácter de la Conquista.

Destino toda la primera parte de mi obra para trazar, aunque únicamente sea en sus partes culminantes, la condición del pueblo ibero y la Índole de los españoles venidos á América; á más de que ambos antecedentes previenen la tacha de exagerado ó injusto que sin ellos seguramente se me pondría, facilitan mucho el estudio del carácter verdadero de la Conquista, y en cierto modo le son indispensables.

Reconozco que mi obra adolece de grandes deficiencias, entre otras causas, porque para formarla sólo he dispuesto de ratos aislados, los pocos que he podido distraer de las ocupaciones cotidianas de mi profesión. Mas me alienta la esperanza de que otras personas aventajadas emprendan no muy tarde estudios más acabados que el mío.

México, lunes 31 de diciembre de 1900.

domingo, 9 de diciembre de 2012

soledad americana

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos.

El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy
poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la
incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos
mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la
navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32
años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Discurso del escritor, el 8 de diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia

lunes, 9 de noviembre de 2009

CANCIÓN DEL ELEGIDO de Silvio Rodríguez

Siempre que se hace una historia se habla de un viejo, de un niño, o de si. Pero mi historia es difícil:  no voy ha hablarles de un hombre común; hare la historia de un ser de otro mundo; de un animal de galaxia; es una historia que tiene que ver con el curso de la vía láctea; es una historia enterrada; es sobre un ser de la nada.


Nació de una tormenta, en el sol de una noche, el penúltimo mes. Fue de planeta en planeta buscando agua potable; quizás buscando la vida, buscando la muerte, eso nunca se sabe.  Quizás buscando siluetas, o algo semejante que fuera adorable; o por lo menos querible, besable, amable.

El descubrió que las minas del rey Salomón se hallaban en el cielo y no en el África ardiente, como pensaba la gente;  pero las piedras son frías y le interesaban calor y alegría.  Las joyas no tenían alma, solo eran espejos, colores brillantes;  y al fin bajo hacia la guerra... perdón, quise decir a La Tierra. Hubo la historia de un golpe, sintió en su cabeza cristales molidos,  y comprendió que la guerra era la paz del futuro.

Lo mas terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida. 

La ultima vez lo vi irse entre humo y metralla, contento y desnudo;  iba matando canallas con su cañón del futuro;  iba matando canallas con su cañón del futuro.